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“Foto de mi mamá y mi nona”
“Quiero contarles que mi abuela particularmente tiene una piel fantástica, de esas que llaman la atención y que todas las mujeres de la familia envidiamos. Como expresa Penélope Cruz en la nota de la revista Vogue, yo también creo que cada arruga cuenta una historia, y que justamente es lo fantástico de envejecer y que se note, o de decir la edad y que no se note nada…”
Ver todas las noches desde muy pequeña, a mi Nona y a mi madre quitarse rigurosamente el maquillaje para luego ponerse la crema humectante con suaves palmaditas dadas con las yemas de los dedos sobre el contorno de los ojos, cuidadosamente como un ritual imprescindible para poder acostarse a dormir tranquilas, esta visión me marcó para siempre. Todas las mujeres jugamos de chiquitas a ser como mamá, nos probamos sus zapatos, nos ponemos sus collares, nos colgamos sus carteras… ¿Será por eso que a medida que crecemos también nos colgamos de su aprobación? El consentimiento de nuestros referentes femeninos se va haciendo imprescindible a medida que crecemos. Qué importante es sentir la aprobación de la persona a la que uno admira por primera vez, generalmente esta responsabilidad de lo femenino recae en la madre o en algún familiar muy cercano. No hay nada más desalentador que volver de la peluquería y tu madre te mire con cara rara, o te diga “Mm… ¿No te quedaron muy colorados esos reflejos? o “no te preocupes que el pelo crece (…)” ¡Qué puñalada! ¡Encima el pelo! Un comentario similar, o otro tal como “¡Esa pollera es muy corta!” durante la adolescencia, nos causaría una reacción diferente, la de ponérnosla inmediatamente sin dudar como gesto de rebeldía, o porque sabemos que a ninguna madre y a ninguna abuela, les gusta vernos sexys, salvo que hayamos pasado los 30 sin novio a la vista; pero en general preferimos la aprobación y la satisfacción total de nuestras referentes para sentirnos seguras. El que estén de acuerdo con nuestras parejas (tema complejo si los hay…) El que nos vean hermosas y nos digan lo orgullosas que están de habernos tenido y de nuestros logros, sin dudas es muy importante y sobre todo forja las bases de nuestra propia confianza. En una explicación freudiana que se me ocurre improvisar, esto también se debe a que ellas tienen la clave para lograrlo, ya que han conquistado a nuestro primer hombre “a papá” (supongo que mi explicación revela mi propio complejo de Electra) Si han podido alcanzar ese amor, algo saben…
foto de mi bisabuela

Sin embargo, el otro día escuchaba a Graciela Borges, una de las mujeres más hermosas y sexys, con esa voz y ese estilo distinguido tan peculiar, contar durante una entrevista, que toda su vida buscó la aprobación de la gente que la rodeaba para sentirse querida, y que tras volverse inmanejable con el correr de los años, aprendió a ser ella misma más allá de las miradas ajenas de aprobación o de desconcierto …¿Increíble no? Una mujer en apariencia tan adorablemente irresistible también dependiente de esta necesidad, que como ella misma explicaba, no es más que el sentirse querida y aceptada.
“Aprobación- Dependencia- Aceptación- Querida- Quererse” = Toda una secuencia de palabras que dispuse de esta forma a los fines de reflexionar una conclusión… Me doy cuenta que por sí de este modo adquieren coherencia y cobran sentido ¿no les parece?

2 thoughts on “"Sobre la nota de Vogue, las madres y las abuelas"

  1. El consentimiento de nuestros referentes femeninos se va haciendo imprescindible a medida que crecemos…..

    Aparte de un post genial me llevo con tu permiso esta frase, me ha encantado. Un beso y gracias por visitarme

  2. Primero y principal muy lindo el post.
    Desde el punto de vista psicológico, puedo decir que tu explicación freudiana improvisada, es correcta. Nos queremos parecer a nuestras madres -identificarnos con ellas- debido a que ellas tienen a nuestro padre, por lo tanto, para conseguir un hombre como nuestro padre, debemos parecernos a ellas.
    En cuanto al sentirse querida y buscar la aprobación de los demás, se debe al hecho de que queremos pertenecer a un grupo, a una "masa" como lo diría Freud.

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