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Cuando era chiquita el día de mi cumpleaños era el día más feliz del año. Desde que me levantaba hasta que me acostaba era la reina de la casa. Y recuerdo con que ansiedad contaba las horas que faltaban para que llegue el momento de mi festejo. Realmente lo disfrutaba, ¡cómo lo disfrutaba! Cuando los niños son felices, y he tenido la fortuna de ser una niña feliz; los cumpleaños son maravillosos.

Son mimos, regalos, juegos, canciones, diversiones especialmente preparadas para vos…
Con el tiempo los cumpleaños conllevan otros motivos de festejos, el de comenzar a ser grande y ser visto como tal, ganar independencias sociales como nuestro carnet de conducir, el comienzo de la juventud, las ilusiones de todo lo que viene, la curiosidad por conocer el mundo, nuestra partida de casa etc. , etc…

Luego esto va cambiando como la vida misma; las ansiedades son otro tipo de ansiedades, las ilusiones no son tantas. Lo vivido nos va transformando, dejando las huellas de ese paso del tiempo en nosotros.

Desde hace algunos años, cuando se acerca la fecha de mi cumpleaños comienzo a sentir que entro en un periodo de días muy vulnerables y reflexivos.

Es una sensación rara, porque además pareciera como que todo termina concluyendo en un mismo sentido, el de las “causalidades.” Entonces, si veo una película o leo un libro, seguramente me llevarán a preguntarme y concluir en lo de siempre “¿Hacía dónde he llegado con mi vida?,” ” ¿Porqué? ” “¿Hacia dónde voy? ¿Hacia dónde van las personas que me rodean?, ¿Hacia dónde va el mundo…?”

Como pararse en una esquina y detenerse a mirar un mapa para volver a ubicarse y continuar adelante.

Sentarse a la vera del camino a observar para retomar, por un minuto detener el tiempo para seguir luego el viaje de la vida, el que un día como éste emprendimos sin saber dónde nos llevará…

 Normal o no, lo cierto es que un año concluye, un año que suma.

Suma en experiencias, en alegrías, en objetivos cumplidos, en tristezas, en frustraciones, en pérdidas y en ganancias. Pero algo termina y se renueva. Y como todo lo que muere para nacer y termina para empezar, es triste y alegre a la vez, dejándonos ese despojo de melancolía que luego se diluye en nuevos proyectos, en todo lo por venir. Pero que “en el mientras tanto” nos tiene trasmutando, como cuando las serpientes cambian la piel.

  Los meses se precipitan vertiginosos y asi otro año concluye.

El mío ha sido un año cargado de emociones intensas, de cambios importantes, de elevar la apuesta al compromiso del matrimonio, de haber criado y compartido con mi perro Ulises, que también cumple un año de vida con nosotros. Me he reencontrado con mucha de mi familia después de tiempo sin verlos, he estado más cerca de mis afectos, he reído y llorado mucho, jugado hasta cansarme con mis sobrinos y recibido a una sobrina nueva. He perdido gente que quiero y he querido a gente nuevamente. Me han frustrado los gobiernos ¿A quién no? Me sigo sintiendo impotente ante todo lo que sé que no puedo cambiar, y lo que sé que no depende de mí cambiarlo.

Estoy viva, conciente y dueña de mis facultades, sin dudas, ha sido un año positivo.(Aún debo seguir aprendiendo)

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