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Durante todo el año estuve intentando poner en marcha los objetivos que me había propuesto: hacer gimnasia, empezar una alimentación más saludable, dejar las gaseosas, desempolvar y concretar un proyecto añejo…en fin, cambiar mi vida. Sin embargo, el entusiasmo del primero de enero, aunque con algunos altibajos, fue en declive hasta finalmente tocar fondo los primeros días de septiembre cuando me encontré frente al almanaque diciéndome a mí misma: “Es lo que hay y tal vez debería resignarme.” 
Después de todo, una vida de auto exigencia mental no había dado resultados, en mi ideal yo era una mujer que se levantaba con el alba para meditar treinta minutos en la tranquilidad del jardín, hacer otros veinte o treinta minutos de yoga mientras se alzaba el sol, tomar luego una ducha refrescante, un desayuno saludable con cereales, miel y jugo recién exprimido. Esa era la previa, solo la previa de días productivos pero también llenos de disfrute en que de una forma mágica y armoniosa, podía llevar a cabo mis objetivos profesionales, disfrutar con la familia y terminar el día en un encuentro sublime con mi esposo. 
¿Demasiadas expectativas? 
Con el pasar de los días comencé a darme cuenta de que me conformaba con ser capaz de levantarme con ganas de hacer algo, tener la voluntad para mover un poco las cachas (solo para que no se acostumbraran a la desidia), lograr escribir dos párrafos de la novela que tengo en mente y llegar a la cama por las noches con algo de energía para algo más que cucharita. 
Faltan tres meses para terminar el año y estaba a punto de tirar la toalla (hasta el año próximo) pero entonces hice un pequeño descubrimiento, mi esposo había traído a casa un aparato para hacer gimnasia, uno de esos escaladores, y lo colocamos en una piecita donde guardamos de todo un poco. Lo miré de reojo durante un par de días y esta mañana, vaya uno a saber por qué, me levanté con ganas de subirme. Me calcé el mp3 y justo a las 8:45 del lunes 15 de octubre, fui capaz de concretar cincuenta minutos de ejercicio. Los hice con los ojos cerrados, visualizando de paso playas caribeñas, montañas llenas de verde, ocasos indescriptibles. 
Cuando terminé, mi cara estaba roja como un tomate y el cuerpo sudado hasta los tobillos, no había forma de negarme a una ducha refrescante, así que me metí bajo el agua fría y después fui a la cocina para hacerme algo de comer. Por supuesto que tenía hambre, fue entonces que me descubrí desechando la posibilidad de masticar las galletitas rellenas, el sándwich de jamón y queso y hasta la milanesa (¡cuántas veces había desayunado la cena del día anterior sin titubear!), en cambio, prendí la hornalla y me preparé unas tostadas con miel que disfruté mientras escribía esta nota. 
El sabio que llevamos dentro sacó la conclusión: es más fácil hacer elecciones saludables (y provechosas) después de empezar el día sudando. Y es que después de semejante empujoncito, de tremendo esfuerzo matutino, ¿cómo se permite uno el desliz de echarlo todo por la borda? Era un poquito más fácil seguir con las buenas elecciones cuando habíamos tomado el envión. Falto el Yoga, los cereales y el jugo. No tenía naranjas, pero juro que mañana las tendré… 
 
PAOLA L. CHURRUCA 
churrucapaola@gmail.com

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